Una serie de catastróficas vivencias mendigas – Amsterdam I

Cuatro au pairs en Amsterdam. Tres días con un presupuesto mínimo. Dos noches sin dormir. Un viaje sin planificación alguna. Hoy traigo la primera parte (de tres) del viaje más mendigo que he hecho en mi vida con diferencia, allá por 2015. Ahora que la edad no perdona (los 27 son los nuevos 80, lo sabe todo millenial eso) no volvería a ir en esas condiciones, pero siempre viene bien recordar los años mozos.

Las horas previas de viaje ya dejaban ver que nada bueno saldría de ello

Cualquier ser humano normal habría descansado en condiciones antes de embarcarse en un viaje donde no se tiene planeado dormir. Pero si eres au pair, a veces esto resulta difícil. Lo de ser una persona normal, digo. Y lo de descansar también.

El día de partida (viernes) por la tarde me tocaba ir a la piscina con los críos. Claro que no podía decirle a la familia: “oye, que me viene mal llevar a los monstruitos a la piscina porque esta noche me voy al centro de la ciudad a esperar a un bus que sale a las cuatro de la mañana para que me lleve a Amsterdam, ciudad en la que pienso dormir en la calle hasta el domingo”. No queda decoroso. Así que fui a la piscina.

Después del curso de natación podría haberme echado una siesta en teoría, pero por circunstancias de la vida acabé jugando con los niños y luego hubo barbacoa con los primos que vinieron de Lieja, así que entre pitos y flautas no descansé en todo el día y terminé haciendo la maleta media hora antes de marcharme de casa. El rendimiento de las neuronas ya empezaba a decaer, sin siquiera haber pisado suelo holandés. Ni ningún otro suelo que no fuera el de mi casa.

Las au pairs vagabundas nos encontramos a las diez y media en la estación central de Bruselas. Ya antes de quedar con las demás au pairs hubo accidentes: se me habían olvidado los billetes en casa. Eran las 10 de la noche cuando me di cuenta, y ya estaba en un tranvía de camino al centro. Sin duda el mejor momento y el mejor lugar.

No obstante, creo que el universo sabía lo que me esperaba los dos próximos días y obro un milagro: reaccioné rápido, me bajé en la parada De Brouckère y a los 20m encontré una tienda de comestibles abierta. Entré sin ninguna esperanza, pregunté si tenían internet e impresora y el dependiente dijo: “Sí, en el piso de arriba”. No podía creer mi suerte.

Nuestro bus salía a las cuatro de la mañana, por lo que había que hacer tiempo por el centro. Lo primero fue apalancarnos en la Grand Place con unas cervezas. Los findes en verano suele haber mucha gente bebiendo en la Grand Place, de modo que si quieres disfrutar de la belleza y los encantos de este increíble lugar, mejor que vayas entre semana.

La siguiente parada fue el Delirium, famosísimo bar de Bruselas donde tienen tropecientos tipos de cerveza. Hay varios Delirium en el centro, nosotras fuimos al que está decorado como un monasterio, es curioso estar en un bar enfrente de un enorme santo mirándote fijamente desde la pared. Aunque nosotras el mayor nivel de lamentabilidad no lo íbamos a registrar en el bar, sino bastante más tarde.

A eso de las tres y media volvimos a la estación central. Como nos quedaba casi media hora para coger el bus, intentamos entrar a un bar que había en una esquina, pero al vernos las pintas con las mochilas nos mandaron a tomar viento. Ellos dijeron que era porque ya iban a cerrar, pero en la media hora que estuvimos ahí no salió nadie del establecimiento. De modo que concluimos que eran nuestras pintas la verdadera razón por la que no nos querían. Y eso en Bruselas, antes de partir incluso.

¿Qué discriminación nos esperaba los dos próximos días?

En el bus nos dieron más señales adversas… que pasamos por alto

Nos quedamos esperando en unas escaleras del metro (homeless style) y a las cuatro de la mañana, muy puntual, llegó el bus. Al subir, vimos que estaba repleto de gente, ya que el bus venía de Londres. Era un bus de dos pisos, subimos arriba y vimos que había cuatro asientos libres. Había una mochila en uno de los asientos, pero pensando que alguien se la habría olvidado o que pertenecía a alguien sentado en los asientos de atrás, la pusimos en el suelo y nos sentamos.

Mal.

Un hombre se acercó con cara de pocos amigos y empezó a montar bronca en un bus lleno de gente durmiendo a las cuatro de la mañana. Bravo por él.

“¡Esa es mi mochila! ¿Habéis visto la mochila? Es mía. No pasa nada, te puedes quedar ahí. En serio, no pasa nada. Pero que sepas que en cualquier lugar del mundo, si hay una mochila, significa que ese sitio es de quien la haya dejado”. 

Esto me lo apunto para cuando me dé por dominar el mundo (que será más pronto que tarde, voy avisando para que no os quejéis), voy dejando mochilas a diestro y siniestro y la conquista del mundo me saldrá barata y fácil. Ni me voy a despeinar, vamos.

El conductor vino a llamarle la atención por hablar alto y le dijo que no tenía razón y que si había abandonado su asiento nosotras no teníamos que saber que la mochila era suya. Enfadado, tuvo que ir a buscar otro asiento como si de la más injusta humillación se tratase.

Nada más irse el conductor, el señor volvió a la carga, se ve que la pérdida de su asiento le marcó de por vida. Tragedias así no ocurren todos los días. Miró fijamente a la au pair que se sentaba en “su” asiento (o en el de su mochila, mejor dicho) y le soltó:

“Estás cómoda, ¿eh?”

De sobra está decir que alucinamos con esto, el hombre tendría ya unos treinta y tantos años, debería saber encajar los golpes de la vida. También los duros golpes en forma de robo despiadado de asiento de bus. El individuo repitió que “no pasaba nada, que se podía quedar ahí, pero que la mochila y el asiento eran suyos”, y se alejó con cara de odio.

Nosotras nos quedamos en los asientos, determinadas a no dejar que el hombrecillo aquel nos arrebatase el lugar en el bus. Ya solo por orgullo.

Contra todo pronóstico, llegamos a nuestro destino

Tras tres interminables horas (horas durante las cuales el hombre de la mochila invasora no paró de matarnos con la mirada, dicho sea de paso) llegamos a nuestro destino: Amsterdam.

O mejor dicho llegamos a una zona cercana a la capital holandesa donde nadie se explicaba por qué había una parada de bus. Había autopista. Había camping. Había parada de tram. Había baño (cerrado).

Y no había nada más.

Salimos todos del bus, dado que era el destino final. Eran apenas las siete de la mañana y aquello era un show lamentable. Sesenta personas caminábamos sin ganas en medio de la nada con cara de “¿en serio el bus tenía que llegar ya? Podría haber tardado algo más, aún tengo sueño”.

Vamos, que el panorama era algo como:

Llegamos a la estación central de Amsterdam, pasamos media hora larga en el baño adecentándonos y dejamos las mochilas en las taquillas. No es que lleváramos mucho equipaje, para el plan mendigo no hacía falta ni pijama ni toalla ni nada de eso, pero aún así se camina mejor sin un peso en la espalda.

Nos apalancamos unas dos horas desayunando sandwiches caros en una cafetería. Ya que habíamos pagado una significante suma de dinero por rebanadas de pan, queso y jamón, habría que aprovechar que teníamos sofás.

No me puedo creer que haya escrito una entrada entera sobre cómo llegamos a Amsterdam. Soy capaz de sacar una serie de libros tan larga como Harry Potter solo con un par de días de viaje. Dejo una foto de rigor que hice en mis primeras horas en la capital holandesa, aunque solo sea para que parezca que hablo realmente de Amsterdam en la entrada.

Amsterdam canal

¿Cuál es el viaje más mendigo que has hecho hasta la fecha? ¿Qué ciudades europeas consideras que son las mejores para ir en modo ultra low cost?

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