Una serie de catastróficas vivencias mendigas – Amsterdam III

¡Llega la tercera (y última) parte del diario del viaje indigno y express a Amsterdam! Porque aún no he dado suficiente vergüenza ajena en la primera parte y la segunda parte. El último día en Holanda antes de volver a nuestras respectivas vidas de au pair a Bruselas fue más tranquilo que el anterior, pero intenso de todos modos. Sigue leyendo para descubrir si volvimos con vida a Bélgica. Pista: estoy escribiendo una entrada de blog sobre el viaje.

Dejé mi relato en la escena de cuatro indignas “personas” (por llamarnos de alguna manera, porque a esas alturas ya no nos quedaba ninguna característica ni comportamiento que nos identificase com seres humanos) apalancadas en una de las puertas del Rijksmuseum intentando en vano conciliar el sueño. Cambiábamos de postura, nos poníamos el pañuelo de almohada, entonábamos cánticos para los dioses del sueño pero nada, no hubo quien lo consiguiera. Y de repente…

Si no habíamos conseguido dormir en la oscuridad de la noche, ¿de verdad éramos lo suficientemente ilusas como para pensar que con la luz del sol íbamos a lograrlo? Por una vez el sentido común ganó la batalla al delirio mendigoso y a eso de las cinco de la mañana nos pusimos en pie. ¿Que qué hicimos a esas horas?

Como descansar no era una opción, ¿qué mejor que trepar letras y conejos coloridos gigantes y sacarse fotos tontas con ellos para combatir el cansancio? Y no, aunque cueste creerlo, juro que no íbamos fumadas. No nos hace falta.

I amsterdam rijksmuseum
Las letras en cuestión
rijksmuseum amsterdam
Y los conejitos

Al ver que unos mendigos de los de verdad nos miraban fijamente y con cara rara, decidimos fingir tener algo de dignidad y nos dirigimos a la estación de trenes a dormir. A esas horas todos los borrachos volvían a casa, hasta ellos parecían más decentes que nosotras. Tras unos 45 minutos de caminata y muchos amagos de atropello (en esta ciudad la gente conduce a toda velocidad y sin mirar), llegamos a nuestro destino con la idea de apalancarnos en los fotomatones a dormir. Of course, todos estaban ocupados.¿

La mejor alternativa parecía ser una pared sin demasiada gente rara alrededor. Seamos honestos, la “gente rara” de la que huir éramos nosotras, pero bueno. Es lo que hay.

Abrazamos nuestras mochilas (como si estuviésemos en condiciones de defendernos en caso de intento de robo… en fin), nos apoyamos contra la mugrienta y pegajosa pared y retomamos la peligrosa tarea de dormir en espacios públicos. Tuvimos un déjà vu del portal del Rijksmuseum, nos dormíamos y a los tres segundos nos despertábamos sobresaltadas con cara de pánico pensando que ya nos habían robado nuestras escasas y roñosas pertenencias.

Y así esperamos a que las tiendas abriesen, que fue como a las ocho de la mañana. Nos hicimos con unos cafés y unas cookies y nos pusimos a andar hacia el centro, ese día teníamos pensado rematar la visita a Amsterdam con la casa de Anne Frank y nos habían dicho que convenía ponerse pronto en la cola. Sin embargo, por el camino encontramos una cafetería bastante barata (para tratarse de la capital holandesa, claro está) y nos tiramos una hora larga allí.

Al llegar a la casa de Anna Frank… ¡sorpresa! Había una cola kilométrica. En realidad no puedo decir que fuera sorpresa, nos habían dicho que se recomendaba ir hacia las 8-8:30 para estar entre los primeros en entrar, y ya eran más de las 9, así que… era de esperar que tendríamos que tragarnos una espera considerable.

Ahora dirás, ¿toda la noche sin dormir y llegáis tarde a la cola? A veces mi mente Ravenclawiana huye a Narnia. Y se queda allí un buen rato.

En resumen, matamos a la gente que estaba delante de nosotras en la cola en nuestras mentes unas cuantas veces.

Fachadas Amsterdam
Fachadas de Amsterdam

Tras un par de horas de espera y muchos intentos por mantenernos despiertas en la cola, al fin llegó nuestro turno de entrar en la casa. Mucho podría escribirse sobre la historia de Anne Frank, la situación que vivió su familia y los objetos expuestos en la casa museo, pero no tiene sentido que lo haga yo hoy aquí. Pienso que es algo que se tiene que ver en persona.

Debo admitir que me pareció una pena que hubiese tanta gente dentro. O sea, sé que es uno de los museos más visitados de Amsterdam y que no pueden dejar entrar a la gente de dos en dos, pero el lugar pierde su esencia y significado al cruzarte con decenas de personas todo el rato, todos pululando por las pequeñas habitaciones. A mí se me hizo difícil imaginar las condiciones de vida y el silencio que debió reinar allí los años que los Frank y sus amigos estuvieron escondidos. Pero bueno, con todo eso sigo pensando que es una visita recomendable si estas en la ciudad.

Puente Amsterdam
Reflejos en la madrugada… muy místico todo
Casas Amsterdam
Vistas desde la cola
Casa de Ana Frank Amsterdam
Casa de Ana Frank en Amsterdam

Al finalizar la visita entramos a una cadena de restaurantes holandesa donde hay una especie de self-service con muchísimos tipos de comida. Intentamos mantenernos despiertas con el móvil o hablando de tonterías, pero no sirvió. De hecho, creo que envié un mensaje del estilo de “¿Qué tal estttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttttrrrrrrrrrrrrrrr” a alguien. Un poco más y alguna acaba con los contenidos de su plato por toda la cara por haberse quedado dormida encima de él.

Resultado de imagen de gif falling asleep

Tras el restaurante volvimos a la estación de trenes, de donde salía el tranvía que debía dejarnos en la parada de bus en medio de la nada. Entramos en tiendas de souvenirs y de chuches, curioseamos unas calles del centro de la ciudad y tras casi ser atropelladas por un tranvía que debía ir como a 200km/h, nos sentamos en la parada del tranvía.

El bus a Bruselas estaba ya ahí cuando llegamos a la parada, lo cual significaba que… ¡por primera vez en 48h podríamos sentarnos sobre algo blandito! Eso en nuestro mundo es glamour.

Las cuatro nos quedamos fritas en cuanto nos desplomamos indecorosamente en los asientos del bus, con la intención de dormir las tres horas que supuestamente tardaríamos a Bruselas. Peeero… el destino tuvo que jugarnos una última.

Mejor dicho, fue el conductor. A la hora y media de trayecto al buen hombre se le ocurrió parar media hora en una gasolinera. Y para colmo, nos obligó a todos a bajarnos del bus. Ergo nuestros intentos de conciliar un sueño digno de una vez por todas volvieron a verse frustrados. De sobra está decir que nos entraron instintos homicidas, y más aún cuando vimos que llegamos a Bruselas media hora tarde.

Nada más llegar a Bruselas, cada una se fue a su casa y durmió tres días seguidos. Pues… NO. Eso hubiera sido lo normal, lo que cualquier criatura cuerda hubiese hecho. Pero nosotras… fuimos andando al centro, cogimos el metro allí y comimos una pizza en la estación de Midi. Que no se diga que las au pairs no tenemos energía para dar y regalar.

Y así fue como sobreviví a uno de los viajes más mendigos que he hecho jamás (no ha sido el más mendigo, está empate con uno que hice a Munich y Neuschwanstein). La conclusión que puedo sacar del hecho de no haberla palmado tras un fin de semana así es:

Aparte de cuando has dormido en el aeropuerto, ¿has dormido en la calle en alguno de tus viajes? ¿Qué otros consejos más dignos sueles dar para ahorrar en las capitales europeas? ¿Qué es lo que más te gustó de Amsterdam?

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